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Andar con la soga al cuello.

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Positivo Constructivo. El color amarillo denota alegría y positivismo, la luz del sol. El sombrero amarillo es optimista y cubre la esperanza y el pensamiento positivo. El Amarillo es la contraparte del sombrero negro, no el blanco, que sabemos que es neutro. Cuando nos ponemos imaginariamente el sombrero amarillo debemos asumir el rol de ser positivos y constructivos; ocuparnos de la evaluación positiva. El amarillo también es objetivo (lógico-positivo) como el sombrero negro, pues debe explicar el por qué del positivismo, basado en la experiencia pasada. Es dificil asumir este rol o actitud. Estamos acostumbrados a ser negativos, pero ser positivos con las ideas de los demás, no. Por lo general sólo somos positivos con nuestras propias ideas o con las ideas de nuestro Jefe. Cuando una persona da una idea y los demás se ponen el sombrero amarillo, buscan, en base a su experiencia pasada, cómo pueden hacer crecer los diferentes aspectos que tiene la idea presentada y la hacen crecer. Por eso se dice que el sombrero amarillo es positivo constructivo. El rol del sombrero amarillo puede ser especulativo, pues una parte de este pensamiento se basa en diseñar objetivos en donde especulamos (en base a experiencia pasada) su buen desempeño o solución óptima. Error de una falsa causalidad.-En todos los tiempos se ha creído saber qué cosa es una causa; pero ¿de dónde derivábamos nuestro saber, más exactamente, nuestra creencia de que sabíamos? Del reino de los famosos “hechos interiores”, ninguno de los cuales ha sido aún corroborado. Nos atribuíamos en el acto volitivo un carácter causal; creíamos sorprender por lo menos in flagranti la causalidad. Asimismo, no se dudaba de que todos los antecedentes de un acto, sus causas, habían de buscarse en la conciencia y que en ésta se lo sencontraba si en ella se los buscaba, como “motivos”; o si no, se habría estado en libertad de cometerlo, no se habría sido responsable por él. Por último, ¿quién iba a negar que el pensamiento fuera el efecto de una causa? ¿Que el yo causara el pensamiento...? De estos tres “hechos interiores”, que parecían garantizar la causalidad, el primordial y más convincente es el de la voluntad como causa; la concepción de una conciencia (“espíritu' como causa v, más tarde, la del yo (“sujeto”) como causa son tan sólo concepciones derivadas, una vez que se consideraba dada, como empiria, la causalidad de la voluntad... Desde entonces hemos meditado en forma más honda y penetrante. Ya no creemos una palabra de todo esto. El “mundo interior” está plagado de espejismos y fuegos fatuos; uno de ellos es la voluntad. Ésta ya no acciona nada y, por ende, ya no explica nada; no es más que un fenómeno concomitante que puede faltar. Otro error es el llamado “motivo”, que es un mero fenómeno accidental de la conciencia, un corolario del acto que no tanto representa sus antecedentes como los oculta. iY no se diga el yo! Éste se ha convertido en fábula, ficción, juego de palabras; ¡ha cesado por completo de pensar, de sentir y de querer! ... ¿Qué se deduce 'de esto? ¡No hay causas mentales! ¡Toda la presunta empiria al respecto se ha reducido a la nada! ¡He aquí lo que se sigue de esto! Y, sin embargo, habíamos abusado a más no poder de esta “empiria”; en base a ella habíamos construido el mundo como un mundo de causas, de voliciones, de espíritus. Trabajaba en esto la más antigua y más larga sicología, que en definitiva no hacía otra cosa; para ella, todo acaecer era un hacer y todo hacer la consecuencia de una volición. El mundo se le aparecía como una multitud de agentes y todo acaecer como determinado por un agente (un “sujeto”). El hombre ha proyectado fuera de sí sus tres “hechos interiores”, aquello en que más firmemente creía: la voluntad, el espíritu y el yo; desarrolló del concepto “yo” el concepto “Ser” y concibió las “cosas” a su imagen como algo que “es”, de acuerdo con su concepto del yo como causa. No es de extrañar, así, que luego haya vuelto a encontrar en las cosas lo que en ellas había introducido. La cosa, el concepto “cosa”, lo repito, no es sino un reflejo de la creencia en el yo como causa... Y aun en su átomo, señores mecanicistas y físicos, i cuánto error, cuánta sicología rudimentaria subsiste aún en su átomo! ¡Y no se diga la “cosa en sí”, el horrendem pudendum de los metafísicos! ¡El error del espíritu como causa confundido con la realidad! ¡Y erigido en criterio de la realidad! ¡Y llamado Dios! A propósito de la “conciencia intelectual”. Nada me parece tan raro hoy día como la verdadera hipocresía. Sospecho decididamente que el aire suave de nuestra cultura no conviene a esta planta. La hipocresía es propia de las épocas de fe ardiente, en las que ni aun cuando se estaba forzado a exhibir una fe diferente se renunciaba a la que realmente se alentaba. Hoy día se renuncia a ella, o lo que es aún más corriente, se adopta una segunda fe; en uno y otro caso se es sincero. No cabe duda que en nuestros tiempos son posibles, quiere decir permitidas, quiere decir inofensivas, un número mucho más grande de convicciones que antes. Origínase así la tolerancia hacia sí mismo. La tolerancia hacia sí mismo autoriza a tener varias convicciones; éstas conviven pacíficamente, cuidándose mucho, como hoy en día todo el mundo, de comprometerse. ¿Cómo se compromete uno hoy en día? Adoptando una actitud consecuente. Avanzando imperturbable. Siendo un hombre en el que no caben, por lo menos, cinco interpretaciones diferentes. Siendo-genuino... Temo mucho que algunos vicios estén condenados a extinguirse simplemente porque el hombre moderno es demasiado cómodo e indolente para seguir con ellos. Todo lo malo determinado por una voluntad fuerte, y tal vez no haya nada malo sin fuerza de voluntad, degenera en virtud en nuestro tibio ambiente... Los pocos hipócritas que he conocido imitaban la hipocresía; eran, como hoy en día casi todo el mundo, comediantes. Bello y feo. Nada hay tan condicionado, digamos tan restringido, como nuestro sentimiento de lo bello. Quien pretende concebirlo desligado del goce que el hombre libra del hombre, deja al momento de pisar terreno firme. Lo “bello en sí” es un mero concepto; no es ni siquiera un concepto. En lo bello, el hombre se establece a sí mismo como criterio de perfección; en casos selectos, se adora a sí mismo en lo bello. Una especie no puede por menos de decir sí exclusivamente a sí misma de esta manera. Su instinto más soterrado, el de conservación y expansión del propio ser, irradia aun en tales sublimidades. El hombre cree el mundo mismo colmado de belleza; se olvida que él es la causa. Él lo ha obsequiado con belleza, ¡ay 1, sólo con una belleza muy humana, demasiado humana. En el fondo, el hombre se refleja en las cosas; tiene por bello todo lo que le devuelve su propia imagen. El juicio “bello” es su vanidad genérica... Pues al escéptico bien puede un leve recelo susurrarle al oído: ¿de veras queda embellecido el mundo por el hecho de que el hombre lo tenga por bello? Lo ha humanizado; esto es todo. Mas nada, absolutamente nada, nos autoriza para creer que precisamente el hombre sea el modelo de lo bello. ¿Quién sabe cómo se presenta a los ojos de un juez superior del gusto? ¿Acaso atrevido? ¿Acaso divertido? ¿Acaso un tanto arbitrario?... “Oh Dionisos, divino, ¿por qué me tiras de las orejas?”, preguntó Ariadna a su amante filosófico en ocasión de uno de esos célebres diálogos en Naxos. “Es que tus orejas me causan gracia, Ariadna; ¿quizá por qué no son aún más largas?” La belleza no es una casualidad. También la belleza de una raza o familia, su gracia y bondad en todos los ademanes, es producto del trabajo; es, como el genio, el resultado final del trabajo acumulado de generaciones. Hay que haber hecho grandes sacrificios en aras del buen gusto; hay que haber hecho y dejado de hacer mucho por él; el siglo xvii de Francia es admirable en lo uno y lo otro; hay que haber tenido en él un principio selectivo para las compañías, los lugares, la indumentaria y la satisfacción del instinto sexual; hay que haber preferido la belleza a la ventaja, a la costumbre, a la opinión y a la indolencia. Máxima suprema: no se debe “dejarse estar” ni aun ante sí mismo. Las cosas buenas son sobremanera costosas, y siempre rige la ley de que quien las tiene no es el que las ha adquirido. Todo lo bueno es herencia; lo que no está heredado es imperfecto, es comienzo... En Atenas, en los días de Cicerón, quien expresó su asombro- ante el hecho, los hombres y los jóvenes aventajaban ampliamente a las mujeres en hermosura, y también ¡hay que ver el trabajo y esfuerzo al servicio de la hermosura que el sexo masculino se venía imponiendo allí desde hacía siglos! Pues cuidado con equivocarse en este punto sobre el método; una mera disciplina de los sentimientos y pensamientos es de efecto casi nulo (y aquí radica el grave malentendido de la ilustración alemana, que es totalmente ilusoria). Hay que persuadir previamente el cuerpo. El mantenimiento riguroso de ademanes grandes y selectos, la obligación de tener trato exclusivo con personas que no “se dejan estar”, basta en un todo para llegar a ser grande y selecto; al cabo de dos o tres generaciones todo es ya segunda naturaleza. Es decisivo para el destino del pueblo y humanidad que la cultura arranque del punto justo, no del “alma” (como fue la fatal superchería de los sacerdotes y semisacerdotes) ; el punto justo es el cuerpo, el ademán, la dieta, la fisiología, lo demás sigue naturalmente... Los griegos continúan siendo, por esto, el acontecimiento cultural capital de la historia: sabían, hacían, lo que hacía falta; el cristianismo, que despreciaba el cuerpo, ha sido la más grande calamidad del género humano. Progreso en mi sentido. Yo también hablo de “retorno a la Naturaleza”, aun cuando bien mirado no se trata de un regreso, sino de una elevación. Hacia la alta, libre y aun pavorosa Naturaleza y naturalidad, cualquiera que juega, tiene derecho a jugar con grandes tareas... Para decirlo alegóricamente: Napoleón fue un “retorno a la Naturaleza”, como yo lo entiendo (por ejemplo, in rebus tacticis, y en mayor grado aún, como lo saben los militares, en estrategia). Pero Rousseau, ¿adónde quiso retornar, en definitiva? Rousseau, este primer hombre moderno, idealista y canaille a un tiempo, que necesitaba de la dignidad moral para soportar su propio aspecto; enfermo de vanidad desenfrenada y de desprecio desenfrenado de sí mismo. También este engendro tendido en el umbral de los tiempos modernos quiso “retornar a la Naturaleza”. ¿Adónde, repito la pregunta, quiso retornar Rousseau? Odio a Rousseau aun en la Revolución; ella es la expresión histórica mundial de esta dualidad de idealista y canaille. La farsa sangrienta que caracterizó esta Revolución, su “inmoralidad”, poco me importa; lo que odio es su moralidad a lo Rousseau, las llamadas “verdades” de la Revolución, con las cuales ésta todavía impresiona y atrae todo lo superficial y mediocre. ¡La doctrina de la igualdad! ... No hay veneno más venenoso, pues parece predicada por la justicia misma, pero en realidad es el fin de la justicia... “La igualdad para los iguales, la desigualdad para los desiguales”, tal sería el lenguaje justo de la justicia; amén de lo que se sigue de esto: “no hacer nunca igual lo que es desigual”. Las circunstancias horribles y cruentas que rodearon esa doctrina de la igualdad han aureolado esta “idea moderna” por excelencia de una especie de nimbo y resplandor, de suerte que la Revolución como espectáculo ha seducido aun a los espíritus más nobles. Lo cual no es, en definitiva, una razón para tenerla en suficiente estima. Veo a un solo hombre que la sintió como debe ser sentida, con asco; este hombre fue Goethe...

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Estar para el arrastre.

Una vez más, nos encontramos con que no es lo irracional de la forma lo que debe considerarse característico. Lejos de ello, este aspecto formal pasa inadvertido. Lo irracional consiste en que el trabajo, elemento creador de valor, no puede tener de por sí valor alguno; en que, por tanto, una determinada cantidad de trabajo no puede tampoco tener un valor que se exprese en un precio, en su equivalencia a una determinada cantidad de dinero. Ya sabemos que el salario no es más que una forma disfrazada, forma en la que, por ejemplo, el precio de un día de fuerza de trabajo aparece como, el precio del trabajo realizado por ella durante un día, con lo cual el valor producido por aquella fuerza de trabajo en 6 horas de trabajo, supongamos, se expresa como el valor de su función o trabajo de 12 horas. Chicas Madrid Si prescindimos del ideal ascético, entonces el hombre, el animal hombre, no ha tenido hasta ahora ningún sentido. Su existencia sobre la tierra no ha albergado ninguna meta; «¿para qué en absoluto el hombre?» ––ha sido una pregunta sin respuesta; faltaba la voluntad de hombre y de tierra; ¡de­trás de todo gran destino humano resonaba como estribillo un «en vano» todavía más fuerte! Pues justamente esto es lo que significa el ideal ascético: que algo faltaba, que un vacío inmenso rodeaba al hombre, –– éste no sabía justificarse, ex­plicarse, afirmarse a sí mismo, sufría del problema de su sentido. Sufría también por otras causas, en lo principal era un animal enfermizo: pero su problema no era el sufrimien­to mismo, sino el que faltase la respuesta al grito de la pre­gunta: «¿para qué sufrir?» El hombre, el animal más valien­te y más acostumbrado a sufrir, no niega en sí el sufrimien­to: lo quiere, lo busca incluso, presuponiendo que se le muestre un sentido del mismo, un para––esto del sufrimien­to. La falta de sentido del sufrimiento, y no este mismo, era la maldición que hasta ahora yacía extendida sobre la hu­manidad, –– ¡y el ideal ascético ofreció a ésta un sentido! Fue hasta ahora el único sentido; algún sentido es mejor que ningún sentido; el ideal ascético ha sido, en todos los aspec­tos, el fuute de mieux [mal menor] par excellence habido hasta el momento. En él el sufrimiento aparecía interpreta­do; el inmenso vacío parecía colmado; la puerta se cerraba ante todo nihilismo suicida. La interpretación ––no cabe du­darlo–– traía consigo un nuevo sufrimiento, más profundo, más íntimo, más venenoso, más devorador de vida: situaba todo sufrimiento en la perspectiva de la culpa... Mas, a pe­sar de todo ello, –– el hombre quedaba así salvado, tenía un sentido, en adelante no era ya como una hoja al viento, como una pelota del absurdo, del «sin––sentido», ahora po­día querer algo, por el momento era indiferente lo que qui­siera, para qué lo quisiera y con qué lo quisiera: la voluntad misma estaba salvada. No podemos ocultarnos a fin de cuentas qué es lo que expresa propiamente todo aquel que­rer que recibió su orientación del ideal ascético: ese odio contra lo humano, más aún, contra lo animal, más aún, contra lo material, esa repugnancia ante los sentidos, ante la razón misma, el miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhe­lo de apartarse de toda apariencia, cambio, devenir, muer­te, deseo, anhelo mismo ––¡todo eso significa, atrevámonos a comprenderlo, una voluntad de la nada, una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más funda­mentales de la vida, pero es, y no deja de ser, una volun­tad!... Y repitiendo al final lo que dije al principio: el hom­bre prefiere querer la nada a no querer... http://www.girlsbcn.es Scrope confunde aquí la diferencia en cuanto a la circulación de determinadas partes del capital circulante que suponen para el capitalista individual los plazos de pago y las condiciones de crédito con las rotaciones que se deducen de la naturaleza del capital. Dice que los salarios deben abonarse semanalmente con los ingresos semanales de las ventas o de las facturas cobradas. http://www.girlsbcn.com.es Por tanto, cuando A. Smith dice en el citado pasaje, que “el trabajo anual de cada nación es el fondo que en principio la provee, de todas las cosas necesarias...y que anualmente consume el país”, etc. adopta unilateralmente el punto de vista del trabajo simplemente útil, que es, sin duda, el que crea todos estos medios de vida en su forma consumible. Pero, olvida que esto habría sido imposible sin contar con los medios y objetos de trabajo trasmitidos por años anteriores y que, por tanto, el “trabajo anual” , aunque cree valor. no crea en modo alguno el valor íntegro del producto por él suministrado: que el producto del valor es inferior al valor del producto. Barcelona chicas Me limito aquí a exponer la sicología de todo hacer responsable. Dondequiera que se busquen responsabi­lidades suele ser el instinto del querer castigar y juz­gar el que impera. Cuando se reduce el ser tal y como es, a voluntad, propósitos, actos de la responsabilidad, se despoja la posibilidad de su inocencia; la doctrina de la voluntad ha sido inventada esencialmente para los fines de castigo, esto es, para satisfacer el afán de declarar culpable. Toda la antigua sicología, la sicolo­gía volicional, reconoce como origen el hecho- de que sus autores, los sacerdotes al frente de antiguas co­munidades, querían procurarse a sí mismos o bien a Dios, el derecho de castigar. Se concebía a los hom­bres “libres”, para que se los pudiera juzgar y cas­tigar, para que pudieran ser culpables; en consecuen­cia, había que concebir cada acto como acto volitivo, el origen de cada acto como situado en la conciencia (con lo cual la tergiversación más fundamental in psy­chologicis quedaba convertida en el principio de la sicología...). Hoy día, cuando hemos entrado en el mo­vimiento opuesto; cuando en particular los inmora­listas nos aplicamos con todas las fuerzas a eliminar del mundo el concepto de la culpa y el del castigo, y depurar de ellos la sicología, la historia, la Naturaleza y las instituciones y sanciones sociales, consideramos como nuestros adversarios más radicales a los teólo­gos, los que por el concepto del “orden moral” si­guen arruinando la inocencia de la posibilidad, contaminándola con el “castigo” y la “culpa”. El cristia­nismo es la metafísica del verdugo... www.girlsmadrid.com Las etiquetas de los sistemas se distinguen de las de otros artículos, entre otras cosas, en que no engañan solamente al comprador, sino también, no pocas veces, al mismo vendedor. El propio Quesnay y sus discípulos más cercanos creían, en efecto, que su divisa feudal era verdadera. Y así siguen pensando todavía hoy nuestros sabios ofíciales. La verdad es que el sistema fisiocrático es la primera versión sistemática de la producción capitalista. El representante del capital industrial –la clase de los arrendatarios– dirige en él todo el movimiento económico. La agricultura es explotada de un modo capitalista; es decir, como empresa de arrendatarios capitalistas, en gran escala; el cultivador inmediato de la tierra es el obrero asalariado. La producción crea, no sólo los artículos útiles, sino también su valor; pero su motivo propulsor es la obtención de plusvalía y su fuente la órbita de la producción, no la de la circulación. Entre las tres clases que figuran como agentes del proceso social de reproducción realizado por medio de la circulación, el explotador directo del trabajo "productivo", el productor de la plusvalía, el arrendatario capitalista, se distingue de quienes se limitan a apropiársela. Escorts independientes de valencia La fórmula M'–D'–M sólo implica para M, en cuanto a su forma, actos de circulación que son factores de su reproducción, pero la reproducción real de M, en la que se convierte M', es necesaria para que la operación M'–D'–M se efectúe; sin embargo, ésta se halla condicionada por procesos de reproducción al margen del proceso de reproducción del capital individual representado por M. Chicas compañía lujo Barcelona Esta lista no es desde luego completa; resulta claro que la pena está sobrecargada con utilidades de toda índole. Tan­to más lícito es restar de ella una presunta utilidad, conside­rada, de todos modos, por la conciencia popular como la más esencial, –– la fe en la pena, hoy vacilante por múltiples razones, sigue encontrando todavía su apoyo más firme precisamente en tal utilidad. La pena, se dice, poseería el valor de despertar en el culpable el sentimiento de la culpa, en la pena se busca el auténtico instrumentum de esa reac­ción anímica denominada «mala conciencia», «remordi­miento de conciencia». Mas con ello se sigue atentando, to­davía hoy, contra la realidad y contra la psicología: ¡y mucho más aún contra la historia más larga del hombre, contra su prehistoria! El auténtico remordimiento de conciencia es algo muy raro cabalmente entre los delincuentes y malhe­chores; las prisiones, las penitenciarías no son las incubado­ras en que florezca con preferencia esa especie de gusano roedor: –– en esto coinciden todos los observadores con­cienzudos, los cuales, en muchos casos, expresan este juicio bastante a disgusto y en contra de sus deseos más propios. Vistas las cosas en conjunto, la pena endurece y vuelve frío, concentra, exacerba el sentimiento de extrañeza, robustece la fuerza de resistencia. Cuando a veces quebranta la energía y produce una miserable postración y autorrebajamiento, tal resultado es seguramente menos confortante aún que el efec­to ordinario de la pena: el cual se caracteriza por una seca y sombría seriedad. Pero si pensamos en los milenios anterio­res a la historia del hombre, nos es lícito pronunciar, sin es­crúpulo alguno, el juicio de que el desarrollo del sentimiento de culpa fue bloqueado de la manera más enérgica cabalmen­te por la pena, ––al menos en lo que se refiere a las víctimas so­bre las que se descargaba la potestad punitiva. No debemos infravalorar, en efecto, el hecho de que justo el espectáculo de los procedimientos judiciales y ejecutivos mismos impide al delincuente sentir su acción, su tipo de actuación, como re­probable en sí; pues él ve que ese mismo tipo de actuaciones se ejerce con buena conciencia; así ocurre con el espionaje, el engaño, la corrupción, la trampa, con todo el capcioso y tai­mado arte de los policías y de los acusadores, y además con el robo, la violencia, el ultraje, la prisión, la tortura, el asesina­to, ejecutados de manera sistemática y sin la disculpa siquie­ra de la pasión, tal como se manifiestan en las diversas espe­cies de pena, –– todas esas cosas son, por tanto, acciones que sus jueces en modo alguno reprueban y condenan en sí, sino sólo en cierto aspecto y en cierta aplicación práctica. La «mala conciencia», esta planta, la más siniestra e interesante de nuestra vegetación terrena, no ha crecido en este suelo, –– de hecho durante larguísimo tiempo no apareció en la con­ciencia de los jueces, de los castigadores, nada referente a que aquí se tratase de un «culpable». Sino de un autor de daños, de un irresponsable fragmento de fatalidad. Y aquel mismo sobre el que caía luego la pena, como un fragmento también de fatalidad, no sentía en ello ninguna «aflicción interna» distinta de la que se siente cuando, de improviso, sobreviene algo no calculado, un espantoso acontecimiento natural, un bloque de piedra que cae y nos aplasta y contra el que no se puede luchar. Chicas de compañía en Lleida En un principio, al surgir los ferrocarriles modernos, era criterio dominante, alentado por los ingenieros prácticos más distinguidos, que la duración de un ferrocarril era secular y el desgaste de los rieles tan insensible, que no había para qué tenerlo en cuenta en los cálculos financieros y prácticos; el tiempo de vida, de los ríeles de buena calidad, se calculaba en 100 a 150 años. Pronto se comprobó sin embargo, que el tiempo de vida de un riel, el cual depende naturalmente de la velocidad de las locomotoras, del peso y del número de los trenes que circulen por la vía, del espesor de los mismos rieles y de toda otra serie de circunstancias accesorias, no excedía, por término medio, de 20 años. Hay incluso estaciones, centros de gran tráfico, en que los rieles se desgastan y hay que reponerlos todos los años. Hacía 1867, empezaron a introducirse los rieles de acero, que costaban sobre poco más o menos el doble que los de hierro, pero duraban, en cambio, más del doble. El tiempo de vida de las traviesas de madera oscilaba entre 12 y 15 años. En cuanto al material rodante, se comprobó que los vagones de mercancías se desgastaban mucho más que los coches de pasajeros. El tiempo de vida de una locomotora se calculaba, en 1867, entre 10 y 12 años. Prostitutas de lujo en Sevilla en cambio, si se produce antes de la realización de M' – D, la baja del precio del algodón, siempre y cuando que las demás circunstancias permanezcan invariables, determinará una baja proporcional del precio de los hilados y, a la inversa, un alza de aquél, el alza correspondiente de éste. La acción ejercida sobre los distintos capitales individuales invertidos en la misma rama de producción puede ser muy distinta, según las distintas circunstancias en que operen. La disponibilidad o la vinculación del capital–dinero pueden responder, asimismo, a las diferencias de duración del proceso de circulación y también, por tanto, al ritmo circulatorio. Esto lo veremos, sin embargo, cuando estudiemos lo referente a la rotación. Lo único que aquí nos interesa es la distinción real que se manifiesta, con respecto al cambio de valor de los elementos del capital productivo, entre D... D' y las otras dos formas del proceso cíclico. prostitutas Madrid El mayor o menor grado de fijeza de los medios de trabajo depende de su grado de duración, es decir, de una cualidad física. Según su grado de duración y en igualdad de circunstancias se desgastarán más rápida o más lentamente, es decir, funcionarán durante más o menos tiempo como capital fijo. Pero lo que les permite funcionar como capital fijo no es solamente, ni mucho menos, esta cualidad física que representa su grado de duración. Las materias primas con que trabajan las fábricas metalúrgicas tienen el mismo grado de duración que las máquinas con que se fabrica el metal y un grado más alto que el de ciertas partes de estas máquinas, hechas de cuero, de madera, etc. No obstante, el metal que sirve aquí de materia prima constituye una parte del capital circulante, y el medio de trabajo, construido tal vez del mismo metal, una parte del capital fijo. No es, por tanto, la naturaleza física material, su mayor o menor grado de caducidad, lo que hace que el mismo metal figure unas veces en la categoría del capital fijo y otras veces en la del capital circulante. Esta diferencia responde más bien a la función que desempeña en el proceso de producción, en unos casos como objeto del trabajo y en otros casos como medio de trabajo. dama de compañía Cuanto más breve sea el período de rotación del capital –cuanto más cortos sean, por tanto, los períodos en que sus plazos de reproducción se renueven dentro del año–, más rápidamente se transformará la parte variable del capital primitivamente desembolsado por el capitalista en forma de dinero en la forma–dinero del producto de valor creado por el obrero para reponer este capital variable (y que encierra, además, la plusvalía); menos durará, por consiguiente, el período durante el cual el capitalista necesita desembolsar dinero de su propio fondo; más pequeña será, en proporción con el volumen dado de la escala de producción, el capital adelantado en general por él y mayor, proporcionalmente, la masa de plusvalía que obtenga durante el año a base de una cuota de plusvalía dada, ya que podrá comprar con tanta mayor frecuencia, continuamente, a los obreros, con la forma–dinero de su propio producto de valor y poner así en movimiento su trabajo. sexo profesional barcelona

Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita.

Cuando el capitalista ha convertido su capital desembolsado par adquirir medios de producción y fuerza de trabajo en productos, el una masa de mercancías lista para la venta, y ésta permanece invendible en el almacén, no se paraliza solamente el proceso de valorización de su capital durante este período. Los gastos que supone la conservación de estas existencias de mercancías en edificios, trabajo adicional, etc., representan una pérdida positiva. El comprador que al cabo adquiriese las mercancías se echaría a reír si aquél le dijese: mis mercancías han estado en el almacén seis meses sin poder venderse y su conservación durante estos seis meses no sólo me ha tenido paralizado un capital X, sino que además me ha originado X gastos. Tant pis pour vous (7) le diría el comprador, pues a tu lado hay otros vendedores cuyas mercancías han sido lanzadas al mercado solamente anteayer. Tus mercancías son existencias viejas, que probablemente se hallan más o menos melladas por el diente del tiempo; por tanto, tendrás que venderlas más baratas que tus competidores. El hecho de que el productor de las mercancías sea un verdadero productor o sea su productor capitalista, es decir, de hecho, un simple representante de su verdadero productor, no altera para nada las condiciones de vida de las mercancías. El productor deberá convertir las cosas en dinero. Los gastos que le origine su conservación bajo la forma de mercancías figuran entre sus contingencias individuales, que al comprador de las mercancías le tienen sin cuidado. Este no tiene por qué pagarle los gastos de circulación de sus mercancías. Incluso cuando el capitalista, en épocas de revolución real o presunta retenga intencionalmente sus mercancías en vez de llevarlas al mercado, el que pueda resarcirse de los gastos adicionales que ello suponga dependerá de que esa revolución se produzca o no, es decir, de que su especulación resulte o no acertada. No es que la revolución operada en el valor sea precisamente consecuencia de los gastos que ello le origine. Por tanto, en la medida en que el almacenamiento paraliza la circulación, los gastos originados por él no añaden ningún valor a la mercancía. Por otra parte, no puede existir almacenamiento sin que las mercancías se detengan en la órbita de la circulación, sin que el capital permanezca durante más o menos tiempo bajo la forma de mercancías; no puede existir, por tanto, almacenamiento sin que se interrumpa la circulación, del mismo modo que el dinero no puede circular sin que se forme una reserva de dinero. Por consiguiente, sin existencias de mercancías no cabe circulación de mercancías. Y sí esta necesidad no se le plantea al capitalista en M´– D' se le plantea en D – M; no respecto a su capital, sino respecto al capital–mercancías de otros capitalistas que producen medios de producción para él y medios de vida para sus obreros. Callgirls en Barcelona Al estudiar la circulación simple de mercancías (libro I, cap. III, 2 [pp. 69–79]) vimos que, aun cuando dentro de la circulación de cada cantidad determinada de mercancías su forma–dinero tiende siempre a disminuir, el dinero que en la metamorfosis de una mercancía tiende necesariamente a desaparecer de manos de uno, ocupa su puesto en manos de otro, lo que quiere decir que el cambio o la reposición no sólo versan siempre sobre mercancías, sino que este cambio o esta reposición se efectúan siempre por medio de dinero o acompañados por él. “Al sustituirse una mercancía por otra, queda siempre adherida a una tercera mano la mercancía–dinero La circulación suda constantemente dinero” (libro I, [ pp, 77 s.] Este mismo hecho se expresa, a base de la producción capitalista de mercancías, en la circunstancia de que una parte del capital existe constantemente en forma de capital–dinero y de que una parte de plusvalía se halla también constantemente bajo forma de dinero en manos de su poseedor. http://www.erosbcn.com “El comercio emplea un capital considerable que, considerado a primera vista, no parece formar parte integrante del capital cuyo movimiento hemos descrito en detalle. El valor del paño amontonado en los almacenes del comerciante en paños no parece, a primera vista, que tenga nada que ver con la parte de la producción anual que el rico entrega como salario al pobre para hacerle trabajar. Sin embargo, este capital no hace más que reponer el otro, de que hemos hablado. Para esclarecer los progresos de la riqueza, hemos seguido los pasos de este capital desde su creación hasta su consumo, El capital empleado, por ejemplo, en la fabricación de paños nos ha parecido que era siempre el mismo; al cambiarse por la renta del consumidor, se dividía en dos partes solamente: una que representa ' como ganancia, la renta del fabricante; otra que, como salario, representa la renta de los obreros mientras producen nuevo paño. http://www.escortmadrid.com.es Todo capital individual es una concentración, mayor o menor de medios de producción, con el mando consiguiente sobre un ejército más o menos grande de obreros. Toda acumulación sirve de medio de nueva acumulación. Al aumentar la masa de la riqueza que funciona como capital, aumenta su concentración en manos de los capitalistas individuales, y, por tanto, la base para la producción en gran escala y para los métodos específicamente capitalistas de producción El capital social crece al crecer los muchos capitales individuales. Suponiendo que todas las demás circunstancias permanezcan invariables los capitales individuales, y con ellos la concentración de los medios de producción, crecen en la proporción en que son partes alicuotas del capital global de la sociedad. Al mismo tiempo, se desgajan de los capitales originales fragmentos de ellos que empiezan a funcionar como nuevos capitales independientes. Entre otros factores, desempeña aquí un papel importante la división de la fortuna entre las familias capitalistas. La acumulación del capital hace que aumente, por tanto, en mayor o menor medida, el número de capitalistas. Dos puntos caracterizan esta clase de concentración, basada directamente en la acumulación o más bien idéntica a ella. El primero es que la concentración creciente de los medios sociales de producción en manos de capitalistas individuales se halla, suponiendo que las demás circunstancias no varíen, limitada por el grado de desarrollo de la riqueza social. El segundo, que la parte del capital social adscrita a cada esfera concreta de producción se distribuye entre muchos capitalistas, enfrentados como productores de mercancías independientes los unos de los otros y en competencia mutua. Por consiguiente, la acumulación y la concentración que ésta lleva aparejada, no sólo se dispersan en muchos puntos, sino que, además, el incremento de los capitales en funciones aparece contrarrestado por la formación de nuevos capitales y el desdoblamiento de los capitales antiguos. Por donde, si, de una parte, la acumulación actúa como un proceso de concentración creciente de los medios de producción y del poder de mando sobre el trabajo, de otra parte funciona también como resorte de repulsión de muchos capitales individuales entre sí. Escorts madrid Por tanto, al extenderse la maquinización en una rama industrial, comienza a desarrollarse la producción en las otras ramas que suministran a aquélla medios de producción. La medida en que esto haga crecer la masa de obreros colocados dependerá, dada la duración de la jornada de trabajo y la intensidad de éste, de la composición orgánica de los capitales invertidos, es decir, de la proporción entre su parte constante y variable. A su vez, esta proporción varía considerablemente según la extensión que la maquinaria haya tomado ya o tome en aquellas industrias, El censo de hombres condenados a las minas de carbón y de metal creció en proporciones enormes con los progresos de la maquinaria inglesa, aunque en los últimos decenios este incremento fue amortiguado por el empleo de nueva maquinaria para las minas.133 Con la máquina nace una nueva clase de obreros: sus productores. Ya sabemos que la maquinización se adueña de esta rama de producción de donde nacen las mismas maquinas en una escala cada vez más intensa.134 Por lo que se refiere a las materias primas,135 no ofrece, por ejemplo, ninguna duda que la marcha arrolladora de la industria textil algodonera fomentó como planta de estufa el cultivo del algodón en los Estados Unidos, y con él, no sólo la trata de esclavos de África, sino también la cría de negros, como uno de los negocios más florecientes en los llamados estados esclavistas fronterizos. Al levantarse en 1790 el primer censo de esclavos en los Estados Unidos, la cifra de esclavos era de 697,000; en 1861, ascendía ya a cuatro millones, aproximadamente. No menos cierto es, por otra parte, que la prosperidad de las fábricas mecánicas de lana, con la progresiva transformación de las tierras de labor en pastos para el ganado lanar, provocó la expulsión en masa de los braceros del campo y su desplazamiento como población "sobrante". En estos momentos, Irlanda está atravesando todavía por el proceso que reducirá su población, disminuida ya en cerca de la mitad desde 1845; al nivel que corresponda exactamente a las necesidades de sus terratenientes y de los señores fabricantes de lanas de Inglaterra. www.girlsmadrid.net Ofrece especial interés comparar el hambre de plusvalía que impera en los principados del Danubio con la que reina en las fábricas inglesas, por una razón: porque en las prestaciones de los vasallos la plusvalía reviste una forma sustantiva y tangible. contactos alicante La tercera edición alemana, que ha servido en un todo de base a nuestro trabajo, fue preparada por mí en 1883 con ayuda de las notas que figuraban entre los papeles póstumos del autor y en las que se indicaban los pasajes de la segunda edición que habían de ser sus­tituidos por los pasajes acotados del texto francés, publicado en 1873.9 Las modificaciones así introducidas en el texto de la segunda edición coinciden, en general, con las indicaciones hechas por Marx en una serie de notas manuscritas para una traducción que se proyectó editar en los Estados Unidos hace unos diez años, sin que el proyecto llegara a realizarse, por falta principalmente de un buen traductor. Estas notas originales de Marx fueron puestas a nuestra disposición por nuestro viejo amigo, el señor F. A. Sorge, de Hoboken, Nueva Jersey. En ellas se indicaban algunos otros pasajes que habían de ser tomados de la edición francesa; pero como estas notas son anteriores en muchos años a las últimas instrucciones formuladas por el autor para la tercera edición, no me he creído autorizado a hacer uso de ellas más que con carácter excepcional, sobre todo en aquellos casos en que nos ayudaban a salvar las dificultades. Asimismo hemos tenido a la vista el texto francés en la mayor parte de los pasajes difíciles, como orien­tación acerca de lo que el autor estaba personalmente dispuesto a prescindir, allí donde se hacía necesario sacrificar en la traducción algo de la integridad del original.

La ley de la producción capitalista sobre la que descansa esa pretendida "ley natural de la población" se reduce sencillamente a esto: la relación entre el capital, la acumulación y la cuota de salarios no es más que la relación entre el trabajo no retribuido, convertido en capital, y el trabajo remanente indispensable para los manejos del capital adicional. No es, por tanto, ni mucho menos, la relación entre dos magnitudes independientes la una de la otra: de una parte, la magnitud del capital y de otra la cifra de la población obrera; es más bien, en última instancia, pura y simplemente, la relación entre el trabajo no retribuido y el trabajo pagado de la misma población obrera. Si la masa del trabajo no retribuido, suministrado por la clase obrera y acumulado por la clase capitalista, crece tan de prisa que sólo puede convertirse en capital mediante una remuneración extraordinaria del trabajo pagado, los salarios suben y, siempre y cuando que los demás factores no varíen, el trabajo no retribuido disminuye en la misma proporción. Pero, tan pronto como este descenso llega al punto en que la oferta del trabajo excedente de que el capital se nutre queda por debajo del nivel normal, se produce la reacción: se capitaliza una parte menor de la renta, la acumulación se amortigua y el movimiento de alza de los salarios retrocede. Como vemos, el alza del precio del trabajo se mueve siempre dentro de límites que no sólo dejan intangibles las bases del sistema capitalista, sino que además garantizan su reproducción en una escala cada vez más alta. La ley de la acumulación capitalista, que se pretende mistificar convirtiéndola en una ley natural, no expresa, por tanto, más que una cosa: que su naturaleza excluye toda reducción del grado de explotación del trabajo o toda alza del precio de éste que pueda hacer peligrar seriamente la reproducción constante del régimen capitalista y la reproducción del capital sobre una escala cada vez más alta. Y forzosamente tiene que ser así, en un régimen de producción en que el obrero existe para las necesidades de explotación de los valores ya creados, en vez de existir la riqueza material para las necesidades del desarrollo del obrero. Así corno en las religiones vemos al hombre esclavizado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista le vemos esclavizado por los productos de su propio brazo.9 putas girona ¿Cuál es el residuo de los productos así considerados? Es la misma materialidad espectral, un simple coágulo de trabajo humano indis­tinto, es decir, de empleo de fuerza humana de trabajo, sin atender para nada a la forma en que esta fuerza se emplee. Estos objetos sólo nos dicen que en su producción se ha invertido fuerza humana de trabajo, se ha acumulado trabajo humano. Pues bien, considerados como cristalización de esta sustancia social común a todos ellos, estos objetos son valores, valores–mercancías. Acompañantes de lujo En muchas pequeñas parroquias de este condado, la disminución de personas y la de cottages van paralelas. Sin embargo, hay nada menos que 22 parroquias, en las que la destrucción de casas no ha contenido el aumento de población, o no ha determinado esa ex­pulsión que se manifiesta por todas partes bajo el nombre de “emi­gración a las ciudades”. En Fingringhoe, parroquia de 3,433 acres, existían en 1851, 145 casas; en 1861, sólo quedaban ya 110, pero los habitantes se resistieron a marcharse y se las arreglaron para crecer, aun en estas condiciones. En Ramsden Crags moraban, en 1851, 252 personas en 61 casas; en 1861 eran ya 262 personas hacinadas en 49 casas solamente. En Basilden, año 1851, vivían en 1,827 acres 157 personas empaquetadas en 35 casas; en 1861,187 personas en 27 casas. En las parroquias de Fingringhoe, South, Farribridge, Widford, Basilden y Ramsden Crags se hacinaban, en 1851, en 8,449 acres, 1,392 personas, distribuidas entre 316 casas; en 1861, en la misma área de tierra, eran 1,473 personas para 249 casas. www.academialloret.com El que una clase de mercancías, v gr. levitas, sirva de equivalente a otra clase de mercancías, v. gr. lienzo; el que, por tanto, las levitas encierren la propiedad característica de poder cambiarse direc­tamente por lienzo no indica ni mucho menos la proporción en que pueden cambiarse uno y otras. Esta proporción depende, dada la magnitud del valor del lienzo, de la magnitud de valor de las levitas. Ya se exprese la levita como equivalente y el lienzo como valor relativo, o a la inversa, el lienzo como equivalente y como valor relativo la levita, su magnitud de valor responde siempre al tiempo de trabajo necesario para su producción, siendo independiente, por tanto, de la forma que su valor revista. Pero tan pronto como la clase de mercancía levita ocupa en la expresión del valor el lugar de equivalente, su magnitud de valor no cobra expresión como tal magnitud de valor, sino que figura en la igualdad como una de­terminada cantidad de un objeto. grafsalas Durante el siglo XV, mientras el campesino independiente y el mozo de labranza que, además de trabajar a jornal para otro, cultiva su propia tierra, se enriquecen con su trabajo, las condiciones de vida del colono y su campo de producción no salen de la mediocridad. La revolución agrícola del último tercio del siglo XV, que dura casi todo el siglo XVI (aunque exceptuando los últimos decenios), enriquece al arrendatario con la misma celeridad con que empobrece al campesino.45 La usurpación de los pastos comunales, etc., le permite aumentar casi sin gastos su contingente de ganado, al paso que éste le suministra abono más abundante para cultivar la tierra. bares de copas en valencia De los suplicios subsiguientes a la crisis de 1866 da idea el siguiente extracto, tomado de un periódico tory. Y no hay que olvidar que el Este de Londres, barrio del que aquí se trata, no alberga sólo a los constructores de bobinas de hierro, de que habla el texto, sino también a una multitud de “obreros a domicilio”, cuyo trabajo se paga constantemente por debajo del nivel mínimo. “¡Terrible espectáculo el que ayer se desarrolló en una parte de la capital! Aunque los miles de obreros parados del Este no desfilasen en masa, con sus banderas negras, la muchedumbre humana que se congregó era harto imponente. Recordemos todo lo que estos hombres sufren. Se están muriendo, literalmente, de hambre. Tal es la sencilla y espantosa realidad. Son ya 40,000... ¡Aquí cerca de nosotros, en uno de los barrios de esta maravillosa capital, pegado a la más gigantesca acumulación de riqueza que jamás ha visto el mundo, 40,000 hombres sumidos en la impotencia se mueren de hambre! Estos millares de hombres comienzan a irrumpir en los otros barrios; son seres que se han pasado la vida medio hambrientos y nos gritan al oído sus quejas, las claman al cielo, nos dicen de sus hogares destruidos por la miseria, de sus esfuerzos vanos por encontrar trabajo y de la inutilidad de mendigar una limosna. Los obligados a pagar el impuesto local de beneficencia se ven ellos mismos arrastrados al borde del pauperismo por las exigencias de las parroquias.” (Standard, 5 de abril, 1866.) guia ocio valencia 83 Estos estatutos obreros, con los que nos encontramos también, por la misma época, en Francia, los Países Bajos, etc., no fueron derogados formalmente en Inglaterra hasta 1813, cuando ya hacía muchísimo tiempo que las condiciones reales de la producción los habían desplazado. BCN pisos 55 Reynolds Paper, enero de 1866. Semana tras semana, este periódico publica, entre los Sensational headings, Fearfull and fatal accidents, Appalling tragedies, etc., toda una lista de nuevas catástrofes ferroviarias. A esto, contesta un obrero de la Borth Staffordliníe: "Todo el mundo sabe cuáles son las consecuencias, sí la atención del maquinista o del fogonero se paraliza durante un instante. ¿Y puede evitarse que esto ocurra, cuando se prolonga desmedidamente el trabajo, con un tiempo espantoso, sin pausas ni descansos? Baste tomar como ejemplo un caso que ocurre todos los días. El lunes pasado, un fogonero se hizo cargo del servicio al amanecer y lo abandonó después de 14 horas y 50 minutos de trabajo. No había tenido tiempo de tornar siquiera el té, cuando volvieron a llamarle para ocupar de nuevo su puesto. Este hombre trabajó ininterrumpidamente 29 horas y 15 minutos. Los demás días de la semana, trabajó el siguiente número de horas: miércoles, 15: jueves, 15 horas y 35 minutos; viernes, 14 horas y medía: sábado. 14 horas y 10 minutos; en total, 88 horas y 44 minutos en una semana. Imaginaos su asombro, cuando vio que sólo le pagaban el jornal de 6 días de trabajo. Como era nuevo, preguntó cuánto era un día de trabajo. Respuesta: 13 horas, o sean 78 horas a la semana. ¿Por qué no se le pagaban, entonces, las otras 10 horas y 40 minutos? Por fin, después de mucho batallar. consíguió que le abonasen 10 peniques más." Periódico citado, núrnero de 4 de febrero de 1866.



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